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Capitales Latinoamericanas: Ciudad de México
Haz un recorrido de la mano de la mexicana Damaris Tamborell quien nos presenta, a través de narradores y cronistas las muchas historias de las calles de la Ciudad de México

03/06/2017.

Las ciudades encierran siempre un misterio, son un gran imán que aporta, a quienes se interesan en describir el acontecer de la vida urbana, escenarios, personajes y la posibilidad de conocer cientos de historias. Para quienes se dedican a las letras, las calles de las ciudades son una página en blanco que induce a escribir en ella frases, cuentos, poemas, narraciones o simplemente juegos de palabras.

Al caminar por las calles de las grandes urbes, como puede ser la Ciudad de México, nos son transmitidas todo tipo de sensaciones, que lamentablemente en muchas ocasiones por el mismo ritmo que nos impone la ciudad, no estamos lo suficientemente atentos para percibirlas. Sucede que en general vamos apurados, con hambre, nerviosos por lo rápido que se nos pasa el tiempo y nos perdemos todas esas historias que pasan por nuestras narices sin siquiera tomarnos el tiempo de mirarlas.

Las narraciones de la Ciudad de México aparecieron en el instante mismo en que surgió la novela en el país. Fue José Joaquín Fernández de Lizardi (1776-1827) el primer autor que nos regaló una descripción de la vida en la ciudad con El Periquillo Sarniento (1816), un retrato de las clases sociales de la ciudad en ese tiempo.

A lo largo de la historia de nuestro país ha habido muchos autores que nos han narrado en diversas manifestaciones la vida de la ciudad, pero es a partir de la novela de Carlos Fuentes (1928-2012), La región más transparente (1958), que la ciudad dejó de ser solo un escenario como había sido hasta ese momento, para convertirse en protagonista y comenzar a tener sentido y substancia en las narraciones. Esta obra es considerada por muchos críticos como la novela que da origen en México a la literatura urbana.

La región mas transparente fue recibida con una división de opiniones en el momento de su publicación, porque rompió con los moldes tradicionales de la narrativa y presentó una visión crítica del pasado y presente de la Ciudad de México. En ella, Carlos Fuentes convirtió en personajes a todos esos seres anónimos que recorren las calles de la ciudad, se hizo oído de sus voces y planteó la consolidación de la burguesía y la ruina de las clases trabajadoras:

Mi nombre es Ixca Cienfuegos. Nací y vivo en México, D.F. Esto no es grave. En México no hay tragedia: todo se vuelve afrenta. Afrenta, esta sangre que me punza como filo de maguey. Afrenta, mi parálisis desenfrenada que todas las auroras tiñe de coágulos. Y mi eterno salto mortal hacia mañana. Juego, acción, fue -día a día, no sólo el día del premio o del castigo: veo mis poros oscuros y sé que me vedaron abajo, abajo, en el fondo del lecho del valle.

(.)

GLADYS GARCÍA

-¡Boinas!

El barrendero le dio un empujón en las nalgas, y Gladys respiró la mañana helada. Echó el último vistazo al espejo gris, a los vasos ahogados de colillas, del cabaret. Chupamirto bostezaba sobre el bongó. Las luces limón se apagaron, devolviendo su opacidad descascarada a las pilastras de palmera. Algún gato corría entre los charcos de la calle: sus pupilas, alfileres de la noche pasada. Gladys se quitó los zapatos, descansó, encendió el último (boquita tromputa, dientes cincelados de oro), el cigarrillo que le tocaba cada quince minutos. Guerrero ya no estaba anegada, y pudo calzarse. Empezaban a correr las bicicletas, chirriando, sin sombra, por Bucareli; algunos tranvías, ya.

Otro autor que me parece importante mencionar es José Emilio Pacheco (1939-2014) con su libro Las batallas del desierto (1981). Libro en el que se relata el México de finales de los años cuarenta e inicio de los cincuenta a través de la historia de Carlos, un niño de ocho años. En su narración, encontramos nostalgia ante la pérdida de un México que ya no existe. Los últimos párrafos de la novela dan cuenta de las transformaciones que sufrió la ciudad y los efectos que éstas tuvieron sobre sus habitantes.

Me acuerdo, no me acuerdo: ¿qué año era aquél?; Ya había supermercados pero no televisión, radio tan sólo: Las aventuras de Carlos Lacroix, Tarzán, El Llanero Solitario, La Legión de los Madrugadores, Los Niños Catedráticos, Leyendas de las calles de México, Panseco, El Doctor I.Q., La Doctora Corazón desde su Clínica de Almas. Paco Malgesto narraba las corridas de toros, Carlos Albert era el cronista de futbol, el Mago Septién trasmitía el beisbol.

(.)

Me acuerdo, no me acuerdo ni siquiera del año. Sólo estas ráfagas, estos destellos que vuelven con todo y las palabras exactas. Sólo aquella cancioncita que no volveré a escuchar nunca. Por alto que esté el cielo en el mundo, por hondo que sea el mar profundo.

Qué antigua, qué remota, qué imposible esta historia. Pero existió Mariana, existió Jim, existió cuanto me he repetido después de tanto tiempo de rehusarme a enfrentarlo. Nunca sabré si el suicidio fue cierto. Jamás volví a ver a Rosales ni a nadie de aquella época. Demolieron la escuela, demolieron el edificio de Mariana, demolieron mi casa, demolieron la colonia Roma. Se acabó esa ciudad. Terminó aquel país. No hay memoria del México de aquellos años. Y a nadie le importa: de ese horror quién puede tener nostalgia. Todo pasó como pasan los discos en la sinfonola.

Pero en la literatura urbana, el género citadino por excelencia es la crónica. Inaugurada en México por el poeta y escritor Manuel Gutiérrez Nájera (1859-1895) con su narración Novela del tranvía, publicada en 1882 en el periódico La Libertad. Este género tomó enorme importancia a lo largo del siglo XX con algunos escritores entre los que quiero destacar a Carlos Monsiváis (1938-2010), un hombre absolutamente urbano que nació en la colonia Portales de la Ciudad de México, donde vivió hasta el día de su muerte. Un escritor que fascinado por la riqueza y diversidad cultural de la ciudad, lo llevó a analizar y describir con gran maestría, destreza y humor irónico el acontecer cotidiano de los habitantes de la ciudad. De entre la abundante obra que nos legó Monsivais, la crónica ocupó siempre un lugar primordial. Sus narraciones que fueron publicadas en la prensa y también agrupadas en los libros Días de guardar (1979), Amor perdido (1977), Escenas de pudor y liviandad (1981-1988), Entrada libre. Crónicas de la ciudad que se organiza (1987), Los rituales del caos (1980) y Apocalipstick (2010).

La Vecindad: el azar convoca y la pobreza arraiga. La Vecindad; el ágora sin otras limitaciones del habla que el gesto desaprobatorio de las autoridades eclesiásticas. La Vecindad; la muerte del ideal del secreto: "Ya no se enoje, doña Alicia, pero la amante de su esposo, don Mauricio, no es la del 8, pobrecita mía tan sin gracia; es la del 14, así como la ve de gorda". La Vecindad: la ayuda inesperada de conocidos y desconocidos: "Ay, don Remigio, quién le manda ser viudo y sin hijos, y además tan enfermo. Pero no se preocupe, entre todos juntamos pa´su entierro. Pero nada de enfermedades largas, si ve que no se alivia, usted también ponga algo de su parte.

Durante un siglo, la Vecindad es la vitrina de la pobreza, jacarandosa y melodramática de la urbe, es la serie de monólogos, gritos y conversaciones que elevan el estruendo a las alturas donde, sin destinatarios que los atiendan, se esparcen los rezos.

(Fragmento de Apocalipstick de Carlos Monsivais.)

Carlos Monsivais, al igual que Elena Poniatowska (1932) estuvieron presentes en el movimiento del 68 y nos narraron a través de sus crónicas, los horrores que convulsionaron a la Ciudad de México en ese tiempo.

La Manifestación del Silencio

"Si por consenso la marcha del 27 de agosto es la más alegre y combativa, también el recuerdo unánime ve en la Manifestación del Silencio al acto más elocuente del Movimiento. El relajo beligerante no acude esta vez al voceo de consignas, y respeta la solemnidad súbita. Una comunidad instantánea se prueba a sí misma exhibiendo el esparadrapo en las bocas, los rostros "de presidium", el murmullo interminable que aquieta la vocación de estrépito. Doscientos o 300 mil manifestantes (¿quién ha determinado nunca con exactitud el monto de una marcha?) son los testigos de disminución del volumen que alboroza a los capaces de la renuncia verbal. Los comentarios en voz baja, el canje de risas por sonrisas, los requisitos súbitos del psicodrama en suma, se ciñen a dos propósitos: no aceptar las provocaciones ("sin ánimo alguno de enfrentar a los manifestantes con el gobierno"), y emitir una consigna cercana a la poesía de las situaciones: "Ha llegado el día en que nuestro silencio será más elocuente que las palabras que ayer acallaron las bayonetas" (del manifiesto del CNH)."

(Fragmento de Crónica de 1968-VIII de Carlos Monsivais)

Este mismo momento histórico nos lo relata a su vez Elena Poniatowska en su libro La noche de Tlatelolco (1971), una recopilación de testimonios acerca de la matanza estudiantil del 2 de octubre de 1968. En él, nos relata la posición, tanto en favor como en contra, de diversas personas respecto al movimiento estudiantil y los motivos que movieron a la rebelión. Nos hace un recorrido por vidas personales antes y después de este acontecimiento. Todos los testimonios fueron recopilados durante dos años a partir del día de la marcha del 2 de octubre.

Son muchos. Vienen a pie, vienen riendo. Bajaron por Melchor Ocampo, la Reforma, Juárez, Cinco de Mayo, muchachos y muchachas estudiantes que van del brazo en la manifestación con la misma alegría con que hace apenas unos días iban a la feria; jóvenes despreocupados que no saben que mañana, dentro de dos días, dentro de cuatro estarán allí hinchándose bajo la lluvia, después de una feria en donde el centro del tiro al blanco lo serán ellos, niños-blanco, niños que todo lo maravillan, niños para quienes todos los días son día-de-fiesta, hasta que el dueño de la barraca del tiro al blanco les dijo que se formaran así el uno junto al otro como la tira de pollitos plateados que avanza en los juegos, click, click, click, click y pasa a la altura de los ojos, ¡Apunten, fuego!, y se doblan para atrás rozando la cortina de satín rojo.

El dueño de la barraca les dio los fusiles a los CUÍCOS, a los del ejército, y les ordenó que dispararan, que dieran en el blanco y allí estaban los monitos plateados con el azoro en los ojos, boquiabiertos ante el cañón de los fusiles ¡Fuego! El relámpago verde de una luz de bengala ¡Fuego! Cayeron pero ya no se levantaban de golpe impulsados por un resorte para que los volvieran a tirar al turno siguiente; la mecánica de la feria era otra; los resortes no eran de alambre sino de sangre; una sangre lenta y espesa que se encharcaba, sangre joven pisoteada en este reventar de vidas por toda la Plaza de las Tres Culturas.

La literatura urbana nos permite reconstruir el pasado y conocer lo que pasa en las calles de nuestras ciudades, por lo que uno de sus rasgos más significativos es la mirada como principio de expresión y vocación literaria.

Por Ruta383.com

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