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(Opinión): Rehabilitar desde abajo
Existen pocas dudas en lo referente a que quien en definitiva gobierna el mundo es el capitalismo...

11/05/2017.

...Todo se mueve en torno a las reglas marcadas por el sistema capitalista, que aunque manipuladas para que no haya resquicios para la contestación, siempre cabe inventarlos para aliviar la carga de la monotonía que se impone, dejando un resquicio para la esperanza de que las cosas cambien.

La cuestión es que, pese a estar abierta la posibilidad de opciones, estas se reducen a un modelo único, que ha venido acreditando su viabilidad. No es posible la ilustración generalizada porque el fondo no se permite ver con claridad, ya que impera un ambiente de apariencia, productor de una especie de neblina que limita la visión desde las distancias cortas e impide ver lo que se encuentra un poco más allá. De esta manera los individuos se mueven en un reducido espacio del que es difícil salir, aunque exista libertad de movimientos, porque la dificultad para ver más allá del entorno les sigue a todas partes. Confiados en ese mundo limitado de visión, atentos a satisfacer las necesidades inmediatas, reales o creadas, hasta ahora sólo queda la opción de imaginar el otro lado desde la creencia. Pese a la situación, no se genera alarma inmediata entre ellos, porque el consumo atiende adecuadamente esas necesidades del día a día, lo que confiere sensación de sosiego vital, mientras que los guardianes del orden, es decir sus gobernantes, velen por su seguridad desde el instrumental de que se han dotado los Estados.

A pesar de las limitaciones expuestas, el capitalismo se percibe como realidad visible a través del entramado empresarial dedicado a suministrar cuanto demandan los consumidores, con el propósito de construir una vida mejor para todos y prioritariamente para sus directivos. El problema es que en el eje del asunto está en el dinero. Si se consume con la finalidad de alcanzar un nivel de bienestar, generalmente material, el capitalismo impone como norma que se consiga desde la posesión del dinero, en caso contrario viene la frustración. Para aliviar frustraciones los gobernantes ofrecen desde hace algún tiempo bienestar vital gratuito para muchos a cambio de votos, adecuándose con ello al sistema político de la democracia representativa. Con lo que de una u otra manera se va sobreviviendo con cierta dignidad, dejando aparcadas otras consideraciones como la legitimidad del modelo, las desigualdades que genera y los abusos que impone.

Esta realidad inmediata que se suministra al individuo por el capitalismo, se guía por una ideología que fija las directrices de actuación en el marco del sistema que no se aparta ni un ápice del proyecto del capital, estableciendo que cualquier procedimiento resulta válido si cumple con la finalidad de invertir capital para generar más capital. Si a los capitalistas, a veces llamados empresarios, les impone como prioritaria esa regla de oro del capital, a los fieles consumidores, o sea a todos los ciudadanos del mundo -con alguna que otra excepción testimonial-, les exige cumplir con la obligación de consumir para alcanzar los goces implícitos en el bienestar material.

Guardián de la ideología es la elite del poder, un cerebro oculto a las miradas indiscretas, que fija las directrices de su funcionamiento en un panorama que se ha venido a llamar globalidad. Su función es gobernar a las masas en los términos establecidos por las ideas del capitalismo, de manera que cuanto queda fuera de su espacio de dominación sea considerado inexistente.

Ante este panorama, sucintamente esbozado, hay voces que claman contra el sistema porque lo consideran injusto. En gran medida esa injusticia viene socialmente reflejada en la sensación de desigualdad que genera entre el colectivo de personas el control del dinero y el bienestar ejercido por las elites, que llega a su punto culminante al establecer privilegios en favor de unos pocos. El abuso de esa posición económica privilegiada se convierte en dominante, generando con ello resentimientos sociales. Si esas minorías dominantes, surgidas de la desigualdad derivada de la acumulación de lo que se ve como riqueza por las masas -que en realidad no es riqueza sino algo más enérgico en su condición de instrumento de dominación, como es el capital-, no corrigen el rumbo, pese a la neblina que aísla a las individualidades, los individuos acabarán por encontrar la forma de llegar a ver al otro lado. Pero el asunto adquiere mayores notas de gravedad cuando de ello se desprende que se están desvirtuando los principios que en sus orígenes burgueses el capitalismo sirvió como gancho a las masas en forma de derechos y libertades.

Parece inevitable la reacción. A medida que crecen las desigualdades en un sistema que se mueve sin control efectivo por parte de la sociedad general y no ofrece nada nuevo, se plantea la necesidad de cambiarlo. El problema a resolver en este punto es la vía a seguir. Declararse anticapitalista sin más no lleva a ninguna parte. Tal vez sea la vuelta a las utopías, refugio de las izquierdas. No es posible salir del modelo del bienestar creado por el capitalismo, pero sí rehabilitarlo desde el lado de las masas. Indudablemente en este punto la cuestión no puede resolverse sustituyendo unas elites por otras -capitalistas por anticapitalistas-, dejando intacto el fondo político y económico de la problemática. El cambio real sólo es efectivo desde abajo, nunca desde las elites, sean del signo que sean. De ahí la necesidad de crear el ambiente propicio para que las masas se animen a tomar la iniciativa, como única opción viable para realizar el cambio.

Por Antonio Lorca Siero / Rebelión

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