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Caracas, la ciudad que se nos fue
Con una fresca narrativa, Alfredo Cortina presenta una serie de crónicas de una ciudad que abría camino a la modernidad

30/09/2017.

Caracas es una ciudad en constante cambio, como una de las grandes metrópolis del mundo, va moviéndose a paso salvaje y acelerado, dejando atrás la calma del pueblito que de a poco daba pasos hacia la grandeza urbanística que se iba formando con cada nueva maravilla estructural que era construida.

Con una maravillosa narrativa, el cronista de Caracas, Cortina, logra llevarnos a esa capital de principios del siglo XX, donde sus moradores marcaron un estilo de vida propio, ni tan rurales como los pueblos de interior ni tan modernos como las populares París o Berlín.

En ese punto medio crecía Caracas, un lugar donde los acontecimientos estaban a la orden del día, y donde cada cosa tiene una historia, así lo refleja Cortina en Caracas, la ciudad que se nos fue, más de 300 páginas de crónicas que dibujan las ocurrencias de los caraqueños y su relación con el entorno, y para adentrarse en el tema un glosario de términos populares que permiten comprender las historias con mayor rapidez.

Ser atrapado por esta joya literaria no es difícil, desde las primeras crónicas los lectores pueden ir descubriendo una serie de elementos que los hacen viajar a esos días para disfrutar de una ciudad de la que hoy queda poco, pues es innegable que Caracas ha cambiado y sigue cambiando, algunas cosas para bien y otras no tanto.

Las pulperías, los enamorados, la Plaza Bolívar y sus costumbres, la sesión de fotografía, el cinematógrafo, el ferrocarril, los velorios y los musiú, son algunos de esos elementos que son descritos con tal humorismo que es posible comprender la forma de vida que tenían los capitalinos en aquellos días, algo que hoy por cuestiones de tecnología y ritmos de vida es sencillamente imposible.

Los tabúes y prejuicios no eran la excepción de la ciudad de los techos rojos. Cortina, sin pudor alguno, describe algunos juicios de valores que emitían los caraqueños, quienes por esos días estaban muy influenciados por las costumbres europeas, los matrimonios arreglados, los falsos rumores y la extrema religiosidad era parte del día a día, incluso existía una fuerte discriminación racial y social, donde las "familias de buenas costumbres", eran las primeras privilegiadas en este sistema.

Caracas, la ciudad que se nos fue se publicó en 1977, quien se diga amante de esta ciudad no puede dejar de consultar este libro, donde se mezclan emociones al pasar de las páginas.

Este texto está disponible para consulta en la Biblioteca Pública Simón Rodríguez, ubicada en la esquina El Conde.

* Biografía Mínima

Alfredo Cortina nació en Valencia el 8 de mayo de 1903, fue un conocido libretista de radio y televisión y cronista de Caracas. Cada obra suya marcaba un hito de originalidad con propósitos didácticos y educativos. Además de la radio y la televisión, Cortina se dedicó a la fotografía y a coleccionar los paisajes de la Caracas vieja. También hizo cine e inventó y transformó numerosos objetos que despertaban la curiosidad y admiración, así como originales joyas que fabricaba para su esposa la poetisa y dramaturga Elizabeth Schön. Al final de su vida escribió la historia de la radio en Venezuela, crónicas de Caracas y concedió muchas entrevistas para hablar de sus invenciones y de la ciudad que conoció.

FRAGMENTO

Caracas a principio de siglo

El pequeño París

El pueblo con pretenciones de gran ciudad. "El pequeño París", como se le llamaba petulantemente, desde que el presidente Guzmán Blanco hizo construir el Capitolio y los cuatro bulevares que le rodean.

Para aquel entonces, en medio de aquella Caracas minúscula, de calles empedradas, aceras de laja y casas de un solo piso, el Capitolio representaba para los caraqueños una obra tan extraordinaria que era envidiada por los pueblos de muchos países de América y hasta Europa. Así éramos en ese tiempo y lo creíamos con la sinceridad de los que nunca habíamos salido de Venezuela a conocer el viejo continente.

Nos figurábamos y con la mayor buena fe, que cuando los extranjeros visitaban esta ciudad se maravillaban con el Capitolio, el viaducto de Caño Amarillo, el túnel del Calvario y sobre todo con el ferrocarril inglés Caracas-La Guaira. Recuerdo mucho que se comentaba, por aquel entonces, que era una obra de ingeniería tan notable que dejaba con la boca abierta a los visitantes de ultramar. Había un texto escolar que decía "es una de las obras más atrevidas del mundo" y lo creíamos y estábamos seguros de que era así. Jamás oímos hablar de los grandes ferrocarriles de Suiza, de Alemania, de Francia, de los Estados Unidos.

Los enamorados

En la Caracas de 1900 existió para los enamorados un sistema de comunicación a distancia, "El lenguaje del abanico", pero antes vamos a nuestra Caracas de principio para conocer las tardes caraqueñas, las niñas en las ventanas y pretendientes recostados en los postes del alumbrado. De allí la expresión muy Venezolana "los amansa poste".

Josefina, hija única de Lorenzo Ariño y Jesusita Pérez de Ariño, desde hace algún tiempo tenía una conquista. Comenzó una noche en un baile en la Casa Amarilla, en la celebración de un acontecimiento histórico.

Ambos coincidieron en gustos, aspiraciones y maneras de pensar, y el muchacho muy prometedor, como se decía en aquellos tiempos, se enamoró locamente de Josefina y ella le dio oportunidad, muy discretamente por cierto, para que la fuera enamorando.

Lo más difícil para un pretendiente era llegar a la casa de la futura novia, existían muchos prejuicios y críticas con bastante mala intención. Esto daba lugar a que los jóvenes se cuidaran mucho, no fuera a ser que los padres de la pretendida se la llevaran de Caracas o le prohibieran asomarse en la ventana. Había que tener mucha discreción y todo principio amoroso se resumía en pasar por la calle y por la acera del frente sin volver la mirada a la ventana, por el temor de que hubiese alguna persona atisbando y el resultado podía ser negativo para ambos enamorados.

Estos los amansa postes, lo único que podían hacer después de cada recorrido, era recostarse del poste, esperar un tiempo muy prudencial y luego volver a pasar muy disimuladamente. Madres atentas a la salud espiritual de sus hijas preguntaban inquietas: "Mercedita ¿Quién es ese muchacho que pasa tanto por la acera del frente? No será por ti ¿verdad?".

Por CIudad CCS

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